Subí la escalera de caracol que llevaba al último piso. Mis pasos eran tímidos y algo lentos, el tiempo ha hecho que me convierta en alguien precavido, necesito estar seguro del encuentro de aquel desván envuelto en nubes y delicias enigmáticas.
Ahora se que está encarnado en polvo gris y añejo, guardando aquellos susurros que nos contábamos antaño, y guardando charlas sobre el paso del tiempo.
Aquel pequeño rincón sigue vivo y lleno de historias pérdidas, aunque en las paredes han aparecido pequeñas dunas de humedad, y 3 bombillas de la antigua lámpara están fundidas, pero ahora digo queno me importa, me siento acogido y refugiado, y pese a la estratégica desorganización que no recordaba, siento una añoranza tan rídicula como abrumadora.
Recuerdo la primera vez que subí allí, todo estaba limpio y ordenado, el pisapapeles no sujetaba nada, y el tintero aclamaba ser utilizado por primera vez para contar estas historias que han servido para evadirme, en algunas ocasiones, y sumergirme en mares de desilusión y oscuridad en otras. El olor era cual canela en rama, hoy se ha convertido en un olor especial, un olor sútil que me ha embriagado cuando he abierto la puerta escarchada en madera.
Por todos aquellos recuerdos e historias contadas, intentaré subir de nuevo a este nuevo desván escondido en algun lugar de la Barcelona, en el que me siento cómodo, en silencio y a la luz de las únicas dos bombillas que quedaron encendidas. Emprendo así otra nueva aventura en el tren que me lleva a un mundo de imaginación y realidad, un mundo en el que viajo a todas partes de manera gratuita y sin salir de estas paredes de un pasado no muy lejano.